APRA : 85 años y el siglo XXI
El APRA es, sobre todo, un Partido de hombres y mujeres libres. Libres para entenderse a sí mismos, y a los demás, libres para pensar, entender y cambiar su entorno inmediato, y mediato. Libres para asumir con disciplina espiritual interior los valores, principios y fines superiores de los grandes movimientos y corrientes de pensamiento de la humanidad. Libres para actuar y vivir de acuerdo con su propia libertad inteligente, asumida conscientemente, razonadamente, con miras a la transformación evolutiva de sí mismos y, con ello, paulatinamente, a la transformación de su entorno social, hacia la justicia social, pero, nuevamente, en libertad. Esta libertad, que supone el concepto y valor de la propia dignidad, para ser realmente tal, supone también, necesaria e inevitablemente, respetar la libertad y dignidad de los seres humanos que cohabitan con él, o con ella, este territorio llamado Perú y, más allá, este continente americano nuestro y, más allá aún, este planeta nuestro donde conviven, o coexisten, en paz pero también en conflicto, los miembros de la raza humana.
Si lo anterior comienza a perderse de vista y a dejar de ser la base de nuestra existencia, y de nuestra vida de relación, entonces comenzaremos a perder parte importante de nuestra razón de ser apristas….y creo que algo de ello viene ocurriendo en este Partido de nuestra adolescencia y primera juventud. Por ello es que las palabras “pan con libertad” han sido durante décadas sinónimo de aprismo, para apristas y aun para quienes no lo son.
Sentimientos encontrados, compañeros, nuevamente, como hace unos días con motivo del Primero de Mayo al conmemorar 90 años de la lucha por la conquista de las 8 horas en que afirmé que poco, o nada, había para celebrar, dada la situación de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras en el Perú. Así, este 7 de mayo se cumplen 85 años de la fundación simbólica de nuestra APRA continental con la entrega, en México, de la bandera indoamericana por Víctor Raúl al presidente saliente de la Federación de Estudiantes de la Universidad mexicana y, aún con el recuerdo emocionado de una de las fechas más importantes de nuestra historia partidaria por todo lo vivido por nuestros hermanos mayores, resulta simplemente natural que al dar una mirada retrospectiva a nuestro pasado institucional, observemos también, necesariamente, nuestra realidad inmediata y actual.
Ciertamente, constituye una especie de ironía conmovedora el hecho que debiendo celebrar el octogésimo quinto aniversario del APRA en medio de abrazos y de miradas retrospectivas al pasado, con sano y legítimo orgullo de sentir que pertenecemos a una institución excepcional cuyos orígenes se remontan a la tercera década del siglo pasado, el 7 de mayo de 1924, tengamos que presenciar y recibir la protesta indignada, el reclamo legítimo, la expresión mortificada de miles, reitero, miles de compañeros y compañeras en toda la República pues sencillamente han sido excluidos de los padrones del Partido y, por lo tanto, oficialmente, “no existen” como apristas. Es decir, han sido borrados del mapa del aprismo.
¿Qué nos ha ocurrido compañeros?
¿Por qué en vez de ser ésta, una fecha de alegría, de reencuentro fraterno y de afirmación de ideales hermosos de justicia y libertad compartidos con millones de peruanos tenemos que constatar una atmósfera negativamente densa entre los apristas a lo largo de todo el territorio nacional?
¿Por qué en vez de reunirnos con casi unción cívica para reflexionar sobre la trascendencia de una obra magna de amor por el Perú, por América Latina y en realidad por toda la humanidad, tenemos que ocupar nuestro tiempo en ese desgaste inevitable producto de lo que para esos miles de apristas en todo el Perú representa un atropello a sus derechos como hombres y mujeres libres que optaron por hacer del aprismo parte importante y fundamental de sus vidas?
¿Cómo podremos estar en condiciones de construir en paz y sin violencia, con serenidad e inteligencia, un Estado de justicia social de pan con libertad y promover la integración y la fraternidad latinoamericana si tenemos que tratar primero con un problema tan elemental de nuestra propia identidad política nacional como consecuencia de la decisión injusta, abusiva e ilegal de algunos?
Es más, ¿cómo podremos persuadir a los peruanos que no son apristas que el APRA es algo bueno en lo cual pueden confiar, en lo cual pueden cifrar esperanzas de cambio con integridad y solvencia ética si por todos lados del país uno escucha y recibe los mismos reclamos?
Si algún sentido tuvo y tiene la fundación del APRA por ese grupo de jóvenes liderados por Haya de la Torre fue y es, precisamente, el de inaugurar una forma sensible, eficaz e inteligente de relacionarnos entre peruanos y latinoamericanos y ello implicaba ir asumiendo, realmente, auténticamente, duraderamente, nuevas y sanas conductas humanas, a diferencia del viejo orden oligárquico, vacuo y abusivo.
Por ello, compañeros y compañeras, en este 7 de mayo del 2009, al mismo tiempo en que afirmo con más convicción que nunca: ¡Viva el APRA!, quiero expresarles a todos que tenemos por delante una inmensa labor que cumplir, una tarea colectiva de rango nacional que debe alcanzar nuevamente al Perú profundo, pero que debe empezar por nosotros mismos y recuperar el APRA para los hombres y mujeres valientes y generosos, ratificarles que el esfuerzo de quienes nos antecedieron no puede haber sido en vano, lo cual sería una inconmensurable crueldad. Volver hoy, en el siglo XXI a ese aprismo éticamente fundamental, en medio de adversidades e incomprensiones, para llegar a ser, nuevamente “un estado de conciencia nacional”.
Pues aquí, sostengo, está la clave de la crisis profunda que afecta al APRA: el haber permitido que lo que es esencial, fundamental e indispensable en toda obra humana de proyección histórica y de alcance espiritual superior, como lo entendieron claramente Víctor Raúl y nuestros fundadores, haya sido insólitamente desplazado o relegado a la categoría secundaria de lo prescindible.
Afirmo y reafirmo, compañeros, que estamos a tiempo. Reitero, como señalé en el “Manifiesto a los apristas”, que es posible nuestro reencuentro fraterno sobre bases de transparencia y limpieza en el cumplimiento de responsabilidades y, a partir de allí, nuestro reencuentro con los pueblos del Perú, que empezarán a mirarnos de manera diferente, pues habrán empezado a percibir también, que nosotros mismos hemos empezado a mirarlos más comprensiva y fraternamente, condición indispensable para avanzar realmente hacia “la gran transformación”.
Hacerlo con sencillez y humildad que engrandecen finalmente pues nos acercan más a nuestra propia humanidad. Ya sabemos que la arrogancia y la soberbia no pueden ser jamás cimientos de las grandes obras. Eso lo comprendió bien Víctor Raúl y, seguramente por esa razón, muy joven escribió la comedia “Triunfa Vanidad” en la cual plasmó uno de los versos de César Vallejo:
“Triunfa vanidad, que el azul de la vida
eterno como el cielo se cierne, sobre todo,
¡Oh vanidad! a veces por ti, la estrofa herida
brilla mejor, cual brilla la aurora sobre el lodo…”¡Viva el APRA!

