Honrar a Víctor Raúl

Hoy es 2 de agosto del año 2009. Se cumplen treinta años de la partida física del compañero Jefe Víctor Raúl Haya de la Torre. Algunas personas dicen simplemente que Haya de la Torre “murió” hace tres décadas. Algunos compañeros, coincidiendo con mi decisión personal, me sugerían que debía escribir algo con motivo de este trigésimo aniversario, y tenían razón. Y probablemente, este texto debí escribirlo hace varios días pero algo me contuvo y aún no sé con precisión qué fue. Intuyo que quizás no deseaba limitarme solamente a rememorar aquellos años intensos y hermosos de nuestra adolescencia y juventud que pasamos y vivimos muy cerca del “Viejo”, incluidos los años más duros de la dictadura militar de entonces.

Y ciertamente que resulta perfectamente válido, justo y comprensible recordar esas vivencias, - como lo han hecho muchos compañeros y compañeras en estos días- vivencias que ya forman parte imperecedera de nuestras vidas, y de nuestra personalidad, según como cada uno haya asimilado esas experiencias vividas muy cerca de uno de los peruanos más ilustres de nuestra historia nacional. Y según cómo esas vivencias se vuelven a vivir en la mente y en la imaginación, talvez replanteándose en su enseñanza y su significado, a la luz de lo que nos ha ido ocurriendo en estos 30 años que pasaron y cómo hemos reaccionado frente a esos nuevos hechos, dificultades y desafíos a nuestras convicciones forjadas en esa juventud.

Pues creo que de eso se trata, compañeros y compatriotas, quienes sin ser necesariamente militantes apristas siempre se sintieron identificados con el aprismo, o, con frecuencia optaron por respaldar a esa estrella de cinco puntas que representaba al gran Partido de Haya de la Torre, el APRA. Se trata de compartir con ustedes, en toda la República, un homenaje íntimo y sencillo, pero auténtico y humano, a quien fue una de las figuras más destacadas del Perú del siglo XX. Y en lo que concierne a los apristas que nos consideramos sus seguidores, o discípulos, de encontrar la mejor manera de honrar la memoria de Víctor Raúl, de ese hombre a quien muchos de nosotros llegamos a querer como se quiere a un buen padre o a un buen abuelo. Porque sentimos, además, que al honrarlo a él, también estamos honrando a los miles de apristas que tampoco están entre nosotros y, más sensible, aún, sentimos que honrar esas memorias es, de alguna manera, honrarnos a nosotros mismos, es re-apreciar nuestra propia dignidad, pues es reconocer esos ideales hermosos de nuestra juventud y tratar de ligarlos a nuestra práctica de vida actual, si ello puede hacerse; es reencontrarnos con ese regocijo interior de saber que éramos entonces profundamente consecuentes, sin arrogancias fatuas, ni soberbia malsana. Y es que si algún sentido trascendente e importante tiene una fecha como ésta es precisamente encontrarle, o darle, o premunirla de real y sustancial contenido, de autenticidad ética, de ese impulso sostenido, inteligente y fraterno que sólo lo tienen las grandes causas de la humanidad. Pues eso es lo que permitió a Haya de la Torre y a quienes fueron forjando el aprismo con él, durante décadas, mantener al Partido unido, sólidamente coherente, a pesar de los errores que humanamente pudieran haberse cometido. Y lo que hizo que Manuel Seoane afirmara alguna vez, al costado de Víctor Raúl, que ello era la razón por la cual los apristas “habían dejado de ser una pluralidad errabunda para convertirse en un estado de conciencia nacional”. O lo que hizo que nuestro mártir Manuel Arévalo plasmara, para siempre y como granito nuestra voz de orden permanente: “Fe, Unión, Disciplina y Acción”. Porque nuestro c. Arévalo fue claramente consciente que esas palabras casi admonitivas se sustentaban en la limpieza en el obrar, en la rectitud de nuestra conducta cotidiana con los demás y en la capacidad de rectificar cuando se incurre en error o en falta.

Pues de eso se trata compañeros. Por supuesto que este 2 de agosto es una fecha de recogimiento colectivo, de reflexiones individuales y de reafirmación de lo que creemos, o creímos alguna vez, que era una buena forma de ser peruanos y/o latinoamericanos.

El legado más importante de Víctor Raúl

Se trata de ir más allá de afirmar que lo más importante que nos dejó Víctor Raúl es su Partido, el APRA. Eso es una verdad insuficiente en estos días. Pues el APRA, como la iglesia de Cristo, no es sólo, ni fundamentalmente, el templo, o, en nuestro caso, nuestros locales partidarios, importantes como son, en tanto que ambientes físicos de conjunciones realmente fraternas. El APRA, compañeros, es, debe ser, pues siempre fue entendido así por nuestros hermanos mayores, algo menos tangible físicamente, algo que no está fundamentalmente ligado a la materialidad de lo concreto. El APRA son, deben ser, valores y principios puestos en práctica, es la idea fuerza inteligente, ética y moral que subyace en nuestras relaciones intrapartidarias y en nuestras relaciones con los peruanos no apristas. Sin encubrimientos, ni subterfugios, ni ambigüedades. Y ESE ES EL LEGADO VERDADERO, PRINCIPALÍSIMO, FUNDAMENTAL, QUE NOS DEJÓ VÍCTOR RAUL. Pues el Partido, su Partido, nuestro Partido, el APRA, se sustentó en vida de Víctor Raúl, precisamente en esa fuerza inmarcesible, intangible, imbatible a lo largo de décadas que el “Viejo” comprendió perfectamente que era indispensable para nuestra propia supervivencia y legitimidad histórica. Y él, en vida, lo hizo la razón de ser de su existencia y de la institución política que creó con otros hombres y mujeres superiores como él.

Quizás ésa sea la razón por la cual Haya nos instaba siempre a leer a sus contemporáneos Ghandi, a Einstein, pero también a los griegos Platón y Aristóteles. Nos recordaba a Aristóteles para que comprendiéramos con el estagirita que “lo esencial es invisible a los ojos”. Es decir, que lo verdaderamente importante y determinante de la calidad de la vida material y de las relaciones humanas es esa elevación del espíritu y de la conciencia que permitirán, precisamente, formas superiores de gobierno, de regímenes políticos, de estados y de sociedades. Y por eso Víctor Raúl trascendió.

Que este 2 de agosto sea, haya sido, compañeros, una razón para plantearnos los apristas una profunda reflexión, y con ello, una vigorizada y optimista reafirmación de esas causas superiores, de ese impulso y esa fuerza interior que Víctor Raúl vio con claridad, de esa fortaleza ética que necesitamos para que el APRA de Haya de la Torre vuelva a ocupar en el corazón y en la inteligencia de los pueblos del Perú el lugar entrañable imprescindible para ir construyendo realmente un Perú “justo, culto y solidario”.

¡Viva siempre Víctor Raúl!